Palabras sobre una maratón

SHORT STORIESSPANISH

tsinvari

1/14/202621 min read

worm's-eye view photography of concrete building
worm's-eye view photography of concrete building

Para Sophia-Anastasia,
¿Quieres que se rompa mi corazón?
No, no quiero eso,
Quiero darte lo traje al mundo,
Sonrisas y alegrías.

Parte de la condición humana es soñar. Algunas veces nuestros sueños se alinean con lo que la sociedad nos dice que es correcto soñar, algunas veces nuestros sueños no llevan ni nuestro color de piel ni nuestra grasa corporal. Son esos momentos en los que la vida se convierte en una batalla constante y sin tregua contra nuestra condición, y la búsqueda continúa de nuestra verdad. La vida se convierte en una maratón, y es precisamente de lo que hablaré hoy, de la historia mía y la historia de una maratón.

Es una condición social de la época del internet que sin importar cuán raros nuestros deseos y sueños sean, la red de redes con sus muchas redes sociales nos ayudará a encontrar con quién realizarlos. Pero yo nací y crecí en los mismos años que el internet, tenemos casi la misma edad, y como siempre me ha costado llevarme bien con los de mi edad, también me cuesta llevarme bien con el internet y sus grupos sociales, sus arribas y sus abajos.

Con la calidez de un grupo de amigos que emana aroma a pasta, croissants y tapas me embarco a una aventura en París, las ganas de recorrer cafés y bares desbordaba a mis amigos; yo en cambio sólo quería sentarme frente al río, mirar la gente pasar y quizá enamorarme de la experiencia. Es una odisea homérica ser el único soltero en un grupo de parejas, porque cuando quiero encontrar un café para conversar sobre la vida, me encuentro atrapado en conversaciones sobre parejas o sobre hijos, y si busco cambiar la conversación hacia un buen libro, o una película, o quizá una nueva canción que escuché; mis amigos convierten la conversación en una cacería de brujas sobre mi vida amorosa. Es complicado explicar a las personas que siempre vivieron en parejas, que yo disfruto sin estarlo.

Una condición humana es el soñar, y en el tren a París mientras la conversación giraba (por enésima vez) en torno a los hijos y la llegada a la pubertad, mi ojos soñaban con sentarse frente al río. Sin embargo, al llegar a la ciudad del amor, las parejas buscaron cafés, buscaron puentes y torres, y en la digestión anti-metabólica de las amistades rápidas me di cuenta que en la amistad como en todo, se puede ser amigo, o se puede ser compañía, y en esos minutos de soledad y multitud, con demasiadas preguntas asomadas en la garganta, entendí que no tendría sentido crear lazos más profundos con esas personas que tenían fragancia a pastas, croissants y tapas.

Aproveché la multitud de un metro, y me escabullí de toda vista, desaparecí de todos los ojos, de todos los oídos, y caminé hacia el Pont Neuf, bajé las gradas, y frente a mí estaba el río. El río de gente. Es una condición humana la necesidad que tenemos por soñar, las ganas de cumplir sueños y metas que a priori pueden parecer ridículas. Gente caminando, fumando, parejas besándose, bicicletas y perros. El río de vida soñadora, corriendo tras sueños de maratones, sueños bohemios de amores, y amistades que perduran. Vidas que se miran entre sí y que sin dudarlo se exigen amistad, poetas y arquitectos con trozos de carbon y papel traficando sus sueños de fantasía desde otros mundos hasta nuestra realidad. Tengo una fascinación casi enfermiza por sentarme a contemplar la gente pasar y pasar. A veces imagino sus vidas, a veces tan sólo los veo sin intentar entender. Un padre con dos hijos jugando sobre el pasto, una mujer preparando un sándwich para su pareja. Dos mujeres besándose sobre un manta rosada, tirando por el suelo las copas de vino. Y también en esa multitud de vida, yo.

Tendido sobre el pasto, con los ojos contemplo mis pensamientos, las ganas de estirar las piernas y correr, las ganas de quedarme en cama. La cama temblando ante el temblor, quizá real, quizá imaginario. Los ojos me pesan, los ojos me sonríen por dentro. ¿Qué ojos? Los míos, un encanto o embrujo de un café me marea, mis ojos se cierran se abren. La pesadez de la tarde convierte mis pensamientos en sonámbulos. De pronto Paris desaparece, estoy flotando sobre un mar azul delineado de verde, mi cuerpo se acerca a techos naranjas. Ladrillos y tejas, dorados por el sol, el aroma a vida viene de un mar mediterráneo, me trae aromas a Grecia y Albania. Mientras más me acerco a la ciudad, más claramente puedo identificar el paisaje. Una torre amarilla tiene una capucha roja donde oculta campanas, y una iglesia blanca rodeada de agua me sonríe. Mi alma planea sobre el puerto, recorriendo con los dedos la sal en los botes. En un parque una mujer de ojos oscuros conversa con su perrita, y entre los bosques de vida se encuentran cabras, tortugas y sapos, aves que cantan y árboles que callan, cazadores furtivos que amenazan la calma. Las voces que viven en mis oídos me llevan a atardeceres que caen y días que se levantan, entre las casas viejas señoras me saludan con la mano y me ofrecen dulces, hechos de miel y de uvas. Un señora de setenta años me sonríe mostrando dientes más fuertes que el tiempo. (Y en las esquinas, la gente habla, las lenguas de doble filo anuncian mi llegada, la del amor que nunca muere, la de las voces dormidas en nuestro interior, la lenguas de doble filo hablan porque son esas lenguas las que mantienen viva la vida del mundo.)

Su voz me despierta, tiene la barba y el cabello negro, la piel oscura con la insignia de haber estado bajo el sol, y sobre el mar. “Es un lugar poco común para dormir” me dice con un acento ajeno al centro europeo. Trato de explicar que no estaba durmiendo, pero mis palabras no encuentran la forma de salir de mi boca, sencillamente me encojo de hombros y me incorporo.

Cuando era pequeño solía correr frente a mi casa, por la calle que me parecía inmensa, imaginaba que podía correr muy muy rápido, mucho más rápido que los coches que pasaba, pero todo era una ilusión, porque corría junto al coche que levanta la basura, y el coche iba parando en cada casa. Cada vez que vengo a Paris, y veo la gente correr cerca al río recuerdo esos momentos. Aquí la gente para en cada tienda para comprar croissants y coca-cola.

No digo nada, tan sólo me pregunto, quién es esta persona que me habla, como si me conociera, como si fuese mi amigo.

  • ¿Te gustan las mujeres de estos lugares? – me pregunta, me miran con ojos de impaciencia, y sigue hablando ante mi silencio – Son simétricamente lindas, y celebradas por Hollywood, pero les falta un poquito de sustancia, son como tazas de café, sin café, hechas de porcelana blanca y vacía, mira esos ojos azules y verdes tratando de ser como el mar y los ríos, porque no tienen el sabor de la tierra en ellos, mira esos cabellos que se rinden bajo el sol, sin el poder de la noche para imponer su presencia. Mi amigo, te llamo, mi amigo, aunque sigues callado, porque somos amigos, porque venimos desde un mundo de juglares, un mundo onírico, porque somos amigos, mi amigo, tú y yo sabemos que la pasión y la sangre se dibuja en la acción, en la voz, y en la melodía de los gestos. Que los rostros de porcelana se queden en sus marcos de instagram, mientras tu piel, mi piel, color de tierra y especies reina en la noches de baile y sudor. Hace muchos, muchos años, algunos dicen que cientos de años, otros dicen que miles de años atrás, cuando las ciencias no existían, antes que el occidente divida al mundo en fronteras y al conocimiento en disciplinas, mucho antes que todo eso, cuando las aves y las flores se enamoraban, cuando las arpas y las ninfas creaban alfabetos, cuando en el desierto los dioses hablaban a los pastores y en las montañas las ovejas escapaban de Zeus y se convertían en mujeres, hace mucho tiempo, cuando los árboles de canela y clavo era el aroma de tan pocos bosques, en esos tiempos las islas de un mar, bendecido con el clima y el amor, eran los puntos de contacto de culturas. Nos gusta creer que hoy en día las ciudades son cunas de cultura y transformación, pero con tantas diferencias y tantas formas de marcarlas y separarlas, sólo extendemos esas diferencias, en el tiempo del que te hablo, las ciudades desde Nazareth hasta Creta eran panales de gente desconocida, que se enredaba sin miedo a perderse a si mismo, sin miedo a forjar su propia leyenda. En esos tiempo la cultura se creaba porque sabíamos que íbamos a morir, porque las musas y los oráculos nos hablaban del destino con el que nacimos, y también nos daban la libertad de cambiarlo. En esos tiempos, en un recodo cerca mar nació una flor, delicada y tenue, que sonreía al amanecer. Un tulipán, encarnación de alegría y felicidad, ligera bailarina que se dejaba animar por los vientos de la primavera. Tulipán rebelde que cuando aún era una semilla se escapó de los prados y nació en un recodo cerca al mar, cerca a la arena, en las noches hablaba con las estrellas y con la luna, preguntaba ¿Por qué no tenía pies? ¿Por qué no tenía alas? Las estrellas y la luna la miraban en silencio, ellas tampoco sabían la respuesta. Tanto la luna como las estrellas habían visto por generaciones seres preguntarse el porque de su condición natural, parecía que nadie era feliz con la forma que le tocó al nacer.

Se quedó en silencio, por unos momentos, tomé aire y me acomodé, trate de decir algo, pero él movió la cabeza en negación. El silencio reinó por unos instantes. La gente seguía corriendo, el río de sueños bohemio en el corazón de París, estaba lleno de personas que soñaban con cielos y estrellas que nacían de la más básica pregunta ¿por qué no tengo ese cuerpo, por qué no tengo esa fuerza? Y la respuesta era siempre la misma: “no importa si no lo tengo, si trabajo duro lo conseguiré.” Ahora que miro la escena en mi memoria, me imagino a mi mismo sentado bajo el puente, contemplando al mundo desde mi cáscara de nuez, más pequeño de lo que realmente soy, y junto a mí un desconocido con voz calma, fuego en la mirada y vida en cada una de sus palabras. El silenció reino, y como todo reino pereció.

  • En esos tiempos, como en los nuestros, las aves no conocían de fronteras. Un tordo gris, un tordo soñador, escuchó la leyenda de un colibrí. Este pequeño tordo, en su temprana juventud, solía pasar las noche volando de árbol en árbol recolectando historias, aprendiendo del mundo, escuchó leyendas de grandes cóndores de los Andes que remontaban el cielo con arrogancia y torpeza, conocía la leyenda de golondrinas que marcarían las estaciones y buscarían siempre el calor del verano, había escuchado hablar de aves que no podían volar, pero que nadaban y se vestía siempre de traje. El tordo feliz conocía muchas leyendas y en las noches soñaba conocer algún día a todas aves inmensas y poderosas. El tordo feliz, de ojos oscuros, vientre amarillento y alas frágiles, escuchó sobre los colibríes. Un ave que no existía en su tierra, un ave pequeña, que recorría los jardines besando a todas las flores, un ave que aleteaba tan rápido, que zumbaba como una abeja, y que ademas podía mantenerse estática en un sólo lugar al volar. Muchas tardes después de escuchar la leyenda él intentó volar sobre su misma posición pero no era posible. Entonces el tordo también miró a la luna y las estrellas y les preguntó ¿Por qué no lo puedo hacer? ¿Por qué no puede ser como el colibrí y besar a las flores? ¿Por qué los astros me han condenado a la vida de un tordo?

Una vez más, hizo un gesto para evitar que hable, pero estaba vez el silencio duró muy poco.

  • Pero el era un tordo feliz, un tordo diferente, después de unas horas de frustración y cuestionamiento, entendió que no tenía sentido ese sufrimiento inventando, porque, escucha bien mi amigo, si tienes el coraje para ser lo que dices ser, todo sufrimiento es un invento. El tordo voló por su isla recorriendo jardines, y aprendiendo a acercase a las flores, muchas se asustaron, pero poco a poco aprendió a acercase con delicadeza y dulzura, pero sentía que algo faltaba. En su interior él no era un colibrí, él buscaba besar a las flores por tratar de ser algo que no era, en cambio el colibrí amaba las flores, amaba su fragancia, amaba su dulzura y su sabor. Una noche de primavera, la luna y las estrellas, salieron de fiesta, y el cielo se iluminó con su luz, la luna en su máximo esplendor comenzó a jugar con las mareas y con los vientos, las estrellas se reían de los marineros que se aferraban a sus barcos, las nubes se molestaban por los cambios de humor en el cielo; pero eso no le importaba ni a la luna ni a las estrellas, entiende muy bien esto mi amigo, al universo no le importa tu vida, mientras tu vida no sea importante para ti. Es por eso que las cartas y los vientos cambian sin sentido, porque nadie grita al cielo que no quiere seguir esos rumbos, porque nadie habla con el cielo, ni con las nubes, ni con las estrellas, ni mucho menos con el sol. El tordo sintió claramente el cambio en el humor del viento, pues una rama destruyó su nido. ¿Qué te pasa esta noche? Gritó el tordo al viento. El viento avergonzado contestó, no es culpa mía, es culpa del mar, el mar está imparable. El tordo comenzó a volar con rumbo al mar, el viento iba en contra a él, pero nada de eso importó, le había costado demasiado construir su nido. Al llegar al mar preguntó enfurecido ¿Qué te pasa esta noche, por qué estás tan alterado? El mar con pudor respondió, lo siento mucho, pero no es mi culpa, la luna esta de fiesta y está emborrachándose con las estrellas. En lo alto del cielo la luna disfrutaba su euforia y alegría, ajena a todo mundo, ajena a todo daño, ajena a todo lo que no era ella, y un séquito de estrellas disfrutaban del jaleo. El tordo gritó y gritó por unas horas pero la luna no le escuchó. Cansado y frustrado, el tordo se acercó a un recodo cerca al mar para descansar, y la vio.

Calló, una lágrima en sus ojos brilló. Una lágrima de alegría y nostalgia, una lágrima por el recuerdo más bello y por la nostalgia más grande.

  • Creció entre duras rocas y creció hermosa, flexible como juncos, delicada como espuma, colorida como la alegría y tierna como un beso, un tulipán cerca al mar, en su pequeña isla, hermosa mujer hecha flor, hermosa deidad hecha princesa, el tordo por primera vez en su vida entendió el amor que sentía el colibrí por las flores; pero el tordo no podría jamás ser un colibrí, no podría jamás amar y besar a las flores, el tordo sólo podría amar a ese tulipán. Mi amigo, un día entenderás que todo lo que pensaste sobre el amor, era una mentira, pues es un idioma, que se escribe tan sólo viviendo, que se lo descubre en el aire, en la respiración, que no se explica, que no se transmite ni comparte, se lo entrega en la paradoja de renunciar a sí mismo y de ganarse a sí mismo. Mi amigo, tú que llevas la pasión en la piel, la ternura en la voz, y la timidez en lo ojos, lo sabes también como yo, como lo sabía el tordo, y como esta a punto de descubrir la flor. Todo lo que creíste que la amistad podría darte, está equivocado, porque al elevar la amistad has suprimido la idea de amor, y ese es el mayor pecado que has podido cometer. De la misma forma que el tordo ha intentado ser colibrí, tantos han intentado ser Quijotes, y tantos otros, Romeo, y miles más Principitos. Mira bien que mis palabras no son tus palabras, ni son mis palabras, mis palabras son las palabras de la flor. Encandilado por la belleza del tulipán el tordo se acercó, le habló mientras volaba alrededor de ella. El tulipán rebelde, sintió curiosidad por tan extraña ave, sintió la gravedad que las palabras del tordo ejercían sobre ella. Pasaron una noche hermosa, y aunque el cielo se caía por el viento y los caprichos de la luna, ellos disfrutaron el momento juntos. El tordo estaba cansado, había luchado contra el viento y la marea, y pidió permiso a la flor para dormir cerca de ella, lo suficientemente cerca para no perderla, pero lo suficientemente lejos para no lastimar su intimidad. Durante el sueño del tordo, las estrellas empezaron a notar la escena. No era común ver cerca al mar flores y aves verter gotas de amor al universo, la luna al contemplarlos decidió conceder un deseo al tulipán y un deseo al tordo. Las estrellas se agitaron y preguntaron con curiosidad ¿Qué harás? ¿Darás alas a la flor? ¿Convertirás en colibrí al ave? No, respondió la luna, quiero escuchar qué es lo que desean ahora, y quiero saber si se animan a gritar sus deseos al universo. El mar y el viento por arte de magia se tranquilizaron, la luna calló a la noche entera, sólo el latido del amor naciente se escuchaba, y en esos latidos de la flor, la luna escuchó preguntar ¿Qué es esto que siento en el aire? Y la luna sin dudarlo empujó a una estrella, y la estrella salió volando a través del cielo. Fue la primera vez que la flor veía una estrella fugaz, y en esa estrella fugaz encontró su respuesta, y su corazón decidió amar y dejarse amar.

Mis ojos dejaron de seguir el río de gente mundana cerca al río de París, y se enfocaban en la nostalgia de algo que me parecía tan real, y al mismo tiempo tan ajeno, sentía un opresión, en mi pecho, un dolor que se aproximaba, una carencia de sed en mi garganta repleta de agua, era como si la pasión y la ternura que un amor que nacía en el relato no podía ser contenida en mi, es como si los amores de antaño tuvieran más intensidad que mi capacidad de amar, me sentía niño inocente e ingenuo ante la flor y el tordo. Imaginé por momentos que el placer, la bondad, el amor, o cualquier otra virtud de este mundo era como un torrente de vino, y nuestra vida una copa, y si no la aprendemos a vivir, si no tenemos el valor y la confianza del tordo, ese torrente de vino se desborda de nuestra copa y no podemos contenerlo, y sufrimos.

  • ¿Cuánto tiempo puede vivir el amor entre un tulipán y un tordo? Quizá ese amor sea eterno. Una mejor pregunta es ¿Cuánto tiempo pueden vivir su amor el tulipán y el tordo? El tordo recorría la isla y llevaba en la mente a su flor, y volvía cada pocas horas, llevaba agua en el pico, y llevaba historias, y le relatos de cómo los humanos cantaban y se emborrachaban, de como los barcos cruzaban los mares, de como las estrellas predecían el futuro de los marineros, y de como a veces se escondían y todo se hacía confuso, y cruzar las montañas era muy difícil. El tulipán estaba siempre lista para escuchar sus historias, siempre para él, hermosa y delicada, con fragancia de mujer, anunciando la felicidad y la vida. Aprendiendo a levitar juntos, conocerse, verse el uno como espejo del otro, sentir la alegría del otro antes de que suceda, sentir el miedo del otro. La complicidad de un alma en dos cuerpos.

Tragó saliva.

  • Mi amigo, el Principito como historia, es la historia de la cobardía del amor, que se ha idealizado. El capricho de un niño que no puede decirle a su rosa que la ama, que no quiere aceptar que el amor es batalla que termina en crecimiento, el Principito puede dibujar la vida románticamente, mostrar como todos los planetas que visitan no tienen sentido y están mecánicamente atrapados a un estereotipo de vida; pero que hubiera pasado si alguien hubiera visitado al principito en su planeta, hubiera visto a un niño con miedo a madurar, esperando que el amor de frutos sin esfuerzos. La historia del Principito es la historia de un amor cobarde, de un amor que necesita la brutalidad de la serpiente que claramente le dice, hay que estar dispuesto a morir en la batalla de amor. El tordo conocía la historia del Principito, porque esa historia sucedió muchas veces en el mundo antes de que sea escrita. El tordo sabía también de la existencia de la muerte. Sabía también que las flores viven una primera, mientras que los tordos pueden vivir 5 o 6 primaveras.

La tristeza acumulada finalmente cayo en nuestros semblantes, nuestros rostros antes jóvenes se tornaron viejos y cansados, y en su voz se quebró el dolor.

  • El tordo sabía que ella moriría pronto, una noche mientras volaba hacía su flor, el tordo preguntó a la Luna, ¿no existe forma en que ella pueda vivir 6 primaveras? Sí, respondió la Luna, que aún tenía que cumplir un deseo al tordo. Ella puede vivir 6 primaveras pero tú vivirás sólo 2, darás 4 de tus primaveras a tu flor, ¿Aceptas? Sí, no me importa dar mi vida, mientras el resto de mi vida sea con ella, y ella pueda conocer lo que yo conozco, vivir lo que yo vivo al volar. Y la noche calló, un telón de estrellas se puso de luto, la nubes lloraron en silencio, la decisión que se había tomado. El tordo, cerró los ojos guardando su dolor. Respiró 42 segundos, repitió el nombre de su flor 72 veces, y voló a su encuentro.

Cerró los ojos y levantó la cabeza al cielo, aproveché el momento para sacar de la mochila una pequeña bolsita con pistachos. Sentía que el silencioso debía reinar en mis labios, pero él al ver los pistachos no los rechazó, compartimos en silencio, y a ritmo dedica el snack, compartimos un poco de agua. En esa complicidad que une a las almas de este mundo, la complicidad de ver qué tenemos tanto por dar y por aprender, que un día sin darnos cuenta nos encontramos atrapados en cuerpos y situaciones, sin saber cómo llegamos ahí. Esa complicidad de dos melodías en un piano, que en paralelo han reinado en sus registros, hacen sus propias picardías y caminan por el tiempo deleitándose, las melodías de la misma canción, pero melodías separadas; un compositor con atributos de Luna ha concedido preciosos tiempos a cada nota, y entre las cadencias que son un respiro para el intérprete, ha dejado su firma de incertidumbre. Las vidas de dos seres que son melodías, que tienen un inicio similar, y la firma del mismo compositor con complejo lunar, las vidas de dos seres, que son melodías coinciden en notas, a unísono y por momentos. Esa complicidad que hace que la merienda y el agua sean el vínculo más preciado del momento.

  • El tordo le dijo a la flor, “El nectar de tu boca, el beso fresco, el rocío que en la mañana sacia mis anhelos, la sombra a tus pies, mi mejor descanso, mis mimos y atenciones, mis gotas de sobre tus manos. El sol, el viento, el agua, tiene de ti el sabor, cada vez que te miro, me bastan tus ojos para sonreír. Quisiera atraparte por siempre en mi retina, en mi memoria, entre mis plumas, que contigo entendí que no se vive una sola vez, se vive todos los días, contigo entendí que cada día eres distinta, cada día eres más hermosa, como no lo fuiste ayer, ni el día anterior, cada día mereces ser inmortaliza en imágenes.” El tordo y la flor vieron pasar las estaciones, de primavera a primera, no faltó dios que se sorprenda al ver una flor viviendo tanto, pero las estrellas sabía muy bien, que era los favores de la Luna, la Luna que respondió la duda del tulipán con una estrella fugaz. Mi amigo nos dicen que hay que pedir cosas a la vida, y es cierto, pero no es suficiente, hay que estar dispuestos a pagar el precio, dar el primer paso de valentía, renunciar al ego, y encarar los miedos con los que nacemos, y los miedos con los que nos protegemos de los demás. En tus ojos surge claramente la poesía por una musa, pero en tus labios la sed por sus besos grita más de lo que tú puedes contener, es que en poesías y en canción no sé encuentran los besos, como las fragancias no se encuentra en las fotos…

Miro a sus adentros, como preguntándose algo, sacó del bolsillo un pañuelo, me lo dio, por alguna razón sabía que debía sentir la fragancia, dulce, floral, aroma de mujer de isla, aroma de princesa.

  • Un día esta fragancia vendrá a tu memoria, con tan sólo ver la foto. Mi amigo nos dicen muchas cosas de la vida, que hay esperar, que hay correr, nada de eso tiene sentido, hasta que llega el momento en que lo tiene; ese momento no es el día de nuestra muerte, no, por el contrario ese es el día de nuestro nacimiento, cuando en el aire la magia del amor hace surgir el amor, la regadera en tu interior refrescará tus creencias y cada paso tuyo tendrá un nuevo sentido. ¿Cuál sentido? Embriagar de amor a tu musa. El tordo vivió la vida más feliz que ave alguna pudo imaginar, no fue la de un colibrí buscando cada vez a una nueva flor, fue la entrega total a la flor que lo enamoró, el tulipán que creció en un recodo cerca del mar, entre piedras tapizadas de sal. Un día el tordo sintió arder en su sangre las palabras de la Luna, miro a los ojos de su tulipán y sin confesar su pacto con la Luna, tan sólo confesó que pronto iba a morir. El tulipán entristecido le hizo sonreír un día más, con las caricias que el tiempo juntos le enseñó, con los aromas que los enamoró, con la palabras que le hacían soñar. El tulipán dijo << Bébeme, como vino en mi vertiente, pues me miras y contemplas, como tiemblo dentro y fuera. Jamás dejarás de ser mi deseo, si tu soledad no pudiera apagar. Ni estrellas, ni la luna, me acompañarán en los inviernos, que en ti pensaré, vuelve amado a rozar mi piel, pues en tu sangre arderán huellas de mi amor. Viviré, primaveras queriendo volver, a tu piel, a tu voz, dejaré en suspiros lo que pude aprender de tu ser y mi ingenuidad. Tócame, como cada madrugada, que mis ojos otra vez lucen, la luz del enamoramiento, y en tu atardecer sea yo tu luz, y tu cielo gris se tiña de azul. Este suelo y este mar, que nos han visto caminar, entregando amor, ¡me diste vida, por este dolor! Y al llegar a este final, eres mi corazón. Viviré, primaveras buscando volver, a tu piel, y mi voz es tu voz, partiré mi corazón una y otra vez, por abrazarte en la eternidad. >>

No pude evitar que un par de lágrimas mojen mis ojos.

  • El tordo en susurros alcanzó a decir <<Ahora que soy parte del viento, y mi alma sonríe por tu amor, no puedo decir adiós. Porque estaré en la aurora, en el rocío que caiga en ti, hay tanto que te hará reír. No dudes vida, y camina hasta al final, me gustaría que un día tú vuelvas a amar. Ay de mis días, en que no pude dibujarte, en que te hice mi princesa, mi gran musa y mi arte. Y en los rincones que no te mostré de mi alma, sólo habitan los recuerdos de tus labios que al tocarme, me devuelven dulce calma. Te cuidaré desde donde esté. Las palabras no nos alcanzan, el tiempo toma prisa sin razón, y quedas sola bajo el sol. Y no hay estrellas, el mar se ha puesto a dormir, la luna gime con culpa al verme morir. Ay de mis días, en que no pude regalarte, la sonrisa que mereces, la que me entregas al amarme. Eres el aire, el último que respira, este cuerpo que se inmola, por amores que calcinan. Y los rincones, que no te mostré de mi alma, los llené de las caricias de tu pelo en mi cara. Me alzo en vuelo, y te llevo en mis alas, y dejo estela de los sueños, que te acunan en la noche, que te den luz y esperanza.>>

La muerte del relato, hizo eco en mis ojos, mis lágrimas sin timidez corrían por mi rostro, su rostros de pelo oscuro y ojos oscuros, tan sólo 6 años mayor que yo. Nos quedamos en silencio, no sabía quién era, no sabía que quería de mi.

  • Mi amigo, no esperes correr una maratón sin estar dispuesto a entregar algo de ti, obviamente puedes comprar libros y entrenar como tanta gente, ver videos en YouTube y comer como dictan los regimes, pero escúchame bien, las maratones y las batallas se ganan en con el alma, no con las piernas, ¿me entiendes? – dijo señalando su corazón – las maratones se corren ahí, lo demás es sólo relleno, es sólo ego. Si vas a correr una maratón abre tu corazón a la magia y mística del lugar. He escuchado que vas en busca de la maratón en Grecia, recuerda que Grecia no es Nueva York, ni Bologna, Grecia está llena de magia, de dioses, y musas; recuerda que no eres de esta tierra, tú vienes de la tierra donde lo real y lo mágico se funden, en realidad tu tierra y mi tierra son la misma tierra; pues nuestras tierras aún recuerdan y viven la magia del alma del mundo. Ten en cuenta que para nosotros, correr una maratón no es cuestión de cuerpo, ni de mente, ni alma, es todo o nada.

  • ¿Cómo sabes…?

  • Shh shh no hables, no tiene sentido hablar, sabes que eres bueno hablando, shh shh, escucha. No a mí, yo ya no soy. Escucha a quien te vaya a hablar. Cuídala por mí, con tus palabras, con tu tiempo. Hazlo mi, por la flor, por el tordo. Escúchala, cuídala con lo que puedas.

Se levantó, se despidió con un gesto fraternal y se fue caminando. En la noche, en la cena con la emoción acumulada en la garganta, quizá relatar lo sucedido, pero no sabía cómo empezar. Mis amigos obviamente habían notado mi ausencia, y cuando les dije que pasé la tarde sentado frente al río conversando con alguien, me dijeron que les mentía. Pues ellos al ver que había desaparecido y recordar que yo quería ir a ver el río pasaron por el puente, y me vieron comiendo pistachos y bebiendo agua solo, me gritaron desde el puente, me hicieron señas, pero yo no les había contestado, simplemente ignorado. Sonreí asintiendo.

¿Cómo explicarlo? Mejor no explicarlo. Algunas veces nuestros sueños se alinean con lo que la sociedad nos dice que está bien soñar, algunas veces. Algunas veces la vida se convierte en una maratón y es eso de lo que quise hablar hoy, y de eso hablé.